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Adultos mayores comparten apartamento para disfrutar la vejez

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Por Ana B. Nieto

Cuando se habla más de 5 minutos con Janice R. se aprenden dos cosas de ella. La primera es que ríe con facilidad y no trata de contenerlo. La segunda es que le gusta ir de acá para allá. Le interesa acudir a un festival de poesía,  un concierto o un evento en la Biblioteca de Brooklyn, por ejemplo. A sus 69 años, esta mujer mantiene el interés en disfrutar de lo mejor de la vida y para ello hay pocos lugares como Nueva York.

Además, su madre de 91 años vive en Long Island y quiere estar cerca de ella.

Eso si, para poder hacer todo lo que quiere poner en su agenda, “hay que asegurarse de que no todo el dinero se va en pagar la renta, que queda para vivir la vida”.

Por eso Janice (que prefiere no hacer público su apellido) decidió buscar alternativas para reducir la parte de sus ingresos que dedica a pagar el alquiler de su casa en  Queens. Durante algún tiempo buscó en Google qué hacían otras personas de su edad pero las alternativas que vio no le interesaban. Hasta que encontró la New York Foundation for Senior Citizens y su programa de compartir vivienda.

Se trata de un programa que lleva en marcha desde los ochenta y en el que personas en su vivienda son emparejadas con otras para compartir el espacio extra de sus casas y apartamentos. Una de las dos personas tiene que ser mayor de 60 años aunque el que tenga la vivienda puede tener más de 55 si quiere compartir con otro adulto que tenga una minusvalía pero capacidad de vida independiente. El estatus migratorio de las personas que quieren participar de este acuerdo para compartir hogar es irrelevante.

Al compartir una vivienda se pueden dividir, y por tanto reducir, los costos de esta además de reducir el aislamiento y la soledad de quienes viven solos.

“Busqué la información  pero lo dejé estar porque me pareció arriesgado eso de invitar a tu casa a alguien que no conoces”. Explica.

Pero lo retomó.

El programa investiga las referencias de todas las personas que participan en él y funciona como una de las muchas aplicaciones para buscar pareja ya que se construyen bases de datos con respuestas dadas a 31 preguntas sobre estilo de vida. Así, buscando intereses comunes, compatibilidades y aceptación se ponen en contacto a las personas, un proceso en el que la Fundación sigue vinculada y que tiene apoyo durante todo el proceso de convivencia con el asesoramiento de trabajadores sociales.

Lo primero que Janice hizo fue decírselo a su madre, “porque para mi madre soy todavía su niña”, explica riendo. También se lo contó a su hija que vive con su familia en Florida. A ninguna de las dos les encantó la idea. “Mi hija es psicoterapista y me dijo las preguntas que tenía que hacer a la persona que quisiera compartir casa conmigo pero además me dijo que quería estar involucrada en el proceso de selección de la persona que viniera a vivir”.

“No conseguí muchos hits [interés por parte de potenciales compañeros]”, admite Janice antes de explicar que a muchas personas les disuadía la localización de su casa porque no tiene un metro demasiado cercano y hay que subir una cuesta.

Lillian O. vive con Janice R. en Queens.


Pero en esa base de datos había una persona, otra mujer, para la que andar forma parte de su rutina, le gusta caminar en las montañas y el ejercicio físico. Lo que no gustaba a otros, era un aliciente para Lilian O. quien buscaba un hogar para compartir una vez que tuvo que dejar el apartamento que alquilaba y donde vivía con su madre y su propio hijo. “Los dueños de la casa, que son mayores, querían vender y cuando falleció mi madre yo ya sabía que nos teníamos que ir de Brooklyn”, explica.

Lilian, descendiente de puertorriqueños y de 66 años, está esperando que le concedan su propio hogar y está participando en un programa para ello pero mientras llega ese momento decidió probar con la idea de compartir casa. Es algo de lo que le hablaron en el Senior Center al que acude.

Janice explica que el 4 de julio de 2015, “un día de mucho calor”, Lilian fue a la casa para conocerla y hablar con ella y con su hija que fue realmente quien hizo todas las preguntas a la futura compañera de piso a través de Facetime.

“Le dije que estaba algo asustada porque nunca había hecho algo así y ella me dijo que eso le hacía sentirse más cómoda”, dice Lilian quien dice que no le interesaba vivir con gente casada, fumadores o con mascotas. “Janice me hizo sentir muy cómoda”. “Mi principal miedo es que nunca había compartido casa con nadie. Estuve casada durante 30 años pero nunca viví con un extraño. Pero Janice me hizo sentir segura me dijo cuando nos despedimos ese día que creía que íbamos a ser compañeras”.

Y lo son. Comparten los gastos de una renta de $1,225.12 al mes, el gusto por la lectura, y de ello son testimonio los libros que hay en el salón del apartamento de dos habitaciones que comparten.  “Cuando dimos el paso adelante hablamos de las normas que íbamos a tener, los límites y nos dimos cuenta que teníamos un match“, dice Janice.

Lilian enumera: “no fumamos, no traemos a nadie aquí, no bebemos…”. Janice irrumpe riendo que ella si bebe un vaso de vino de vez en cuando.

En cuanto a los gastos, tienen sus propios arreglos para casos particulares y a la hora de limpiar, “cuando hay algo que hay que barrer, lo barro”, dice Lilian. Ella cocina  más que Janice, quien dice haciendo una broma de sí misma que no sabe ni dónde está el horno en la cocina. Janice ha interesado a Lilian en la política y las dos vieron juntos los debates electorales, siguieron las elecciones y han ido juntas a algunos eventos.

Pero realmente, cada una hace su vida y viven en una amigable armonía.

“Compartir casa abre puertas nuevas a una opción segura y asequible de vivienda para neoyorquinos mayores a la vez que fomenta la compañía”, explica la comisionada del Departamento para los Envejecientes, Donna Corrado. “En la ciudad de Nueva York, el 32% de las personas de más de 65 años viven solos, lo que les hace más vulnerables al aislamiento social”.

“Me siento apoyada por ella cuando estoy enferma”, dice Janice de Lilian, antes de aclarar que su compañera de apartamento es muy sana, se mantiene en forma y cocina saludable.

Ambas mujeres tienen planes tras esta convivencia. En algún momento Lilian conseguirá las llaves del apartamento para el que está en lista de espera y Janice cree que en el futuro se irá a Florida a vivir cerca de sus nietos. Mientras tanto, sigue haciendo planes para seguir disfrutando lo que Nueva York ofrece.


Un test de emparejamiento

De la misma manera que muchas empresas emparejan a personas para relaciones románticas, el proceso que se usa en el programa de compartir casa estudia los estilos de vida y las referencias de las personas interesadas con la idea de que haya una convivencia ideal para los implicados. Para determinar quiénes son compatibles se revisan una serie de 31 objetivos de estilo de vida.

De lo que se trata es de que los extraños tengan potencial de compatibilidad y adaptabilidad para compartir este arreglo de vida en común. Para cerciorarse de que los datos cuadran, no solo en teoría sino también en la práctica, el personal de la fundación establece fechas y participa de los encuentros entre los dos posibles compañeros de vivienda.

Antes de que haya un traslado, se ofrece un acuerdo por escrito para ayudar a las dos partes a tener confianza y seguridad en los arreglos que se haga para esta vida en común.

“A través de un proceso serio se determina la compatibilidad y se asegura que hay un emparejamiento exitoso”, detalla la comisionada del Departamento para los Envejecientes, Donna Corrado. “Adultos mayores que viven solos o con ingresos limitados pueden ser emparejados creando una situación en la que ganan tanto el que hospeda como el que llega a su apartamento”.

Parte de este proceso incluye que ambas personas presenten tres cartas de referencia sobre el carácter de cada uno (que no estén escritas por amigos o familia) y que estén firmadas en un papel con encabezado. La del médico personal, el trabajador social con el que trabaje, un exjefe, etc. Además hay que presentar una identificación con foto y en el caso de quien hospeda una copia del alquiler o la propiedad de la vivienda además de un espacio apropiado para acomodar a la persona con la que quiera compartir casa.

En el caso de quien se traslade, además debe aportar prueba de ingresos. En el caso de que el posible compañero de apartamento tenga una minusvalía en el desarrollo tiene que mostrar otros documentos relativos a su cuidado y su monitorización médica.

Janice, de 69 años,  cree que una de las redes de seguridad del programa y de la fundación es que el acuerdo establecía que en el caso de que hubiera problemas entre quienes conviven, un trabajador social actuaría para tratar de resolver el problema. “Por eso es completamente distinto que tratar de encontrar a alguien fuera de esta organización, es importante tener gente a nuestro lado que nos asista si hay problemas y puede haberlos porque no siempre es fácil conocer a todo el mundo”.


Alternativas para la vivienda

Servicios para Cuidado de Adultos.

Ofrecen vivienda temporalmente o a largo plazo junto con un paquete de servicios en el que se incluye limpieza, socialización, comidas y actividades recreativas y arreglos para visitas médicas, entre otros. En la ciudad hay cuatro tipos:

  1. Hogares de adultos para personas que necesitan 24 horas de supervisión y viven en habitaciones privadas o semiprivadas. No pueden estar crónicamente en cama o requerir un apoyo de enfermería constante.

  2. Enrich Housing para mayores de 65 años que viven en un ambiente comunitario y con más independencia que los hogares de adultos. Cada residencia tiene un apartamento con cocina y no pueden optar a esta alternativa personas que tienen minusvalías mentales o problemas de comportamiento que puedan afectar a los residentes o el personal.

  3. Programas de Asistencia. El programa ALP, Assisted Living Program, provee cuidados en casa o de enfermería a residentes que podrían estar en un asilo de ancianos. Para operar este servicio el lugar tiene que estar certificado como hogar de adultos o Enriching Housing.

  4. Assisted Living Residences. Siguen las mismas directrices que las tres primeras pero se demandan más requisitos porque en ellas se encargan de personas que pueden tener, según el programa, necesidades especiales, como puede ser el caso de enfermos de Alzheimer.

Sección 2020, apoyo para Envejecientes

Está diseñado para personas de bajos ingresos que pagan el 30% del alquiler mientras que subsidios federales cubren el resto del precio justo de mercado de la vivienda.

Beneficios  SCRIE

Es un programa que permite a personas mayores de 62 años con ingresos de menos de $50,000 anuales congelar la renta en caso de que vivan en apartamentos de renta controlada, estabilizada o unidades de hotel reguladas.

Fuente Original: https://bit.ly/2uUBRUc

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